Formación

“Todo se ha cumplido” (Jn 19, 30) – Viernes Santo

En la Sagrada Escritura encontramos la historia de la salvación, que es una verdadera historia de amor de Dios con su pueblo. Nuestro Señor, que creó al hombre como la más bella y perfecta de las creaturas en la tierra, no podía abandonarlo en la miseria a la cual había caído por su desobediencia. Por eso, comienza la preparación para la restauración de la imagen que había sido rota por el pecado, que se despliega en todo el Antiguo Testamento. Dios habla al hombre en las personas de los patriarcas, en el peregrinar del pueblo por el desierto, en la promulgación de la Ley, en los profetas va revelando su amor hacia el hombre y lo va conduciendo hacia la fuente de la salvación.

Habiendo llegado a la plenitud de los tiempos, donde el camino de la preparación tocaba su fin, el mismo Dios, por obra y gracia del Espíritu Santo, prepara una digna para la Encarnación de su Hijo, para que esa Palabra que se había ido transmitiendo por medio de instrumentos, se manifestara directamente y nos revelara la vida íntima del mismo Dios.

En este sentido, contemplamos en la vida de Nuestro Señor Jesucristo una constante referencia a toda la historia de la salvación, todo lo que había sido anunciado en la Ley y los Profetas, se hacían presente en la carne de Jesús. La Transfiguración en el monte Tabor es una síntesis de todo este proceso, Cristo con Moisés (símbolo de la Ley) y Elías (símbolo de los profetas) hablando de su muerte.

De tal modo, en la Pasión del Señor, además del espectáculo afrentoso al que es sometido Jesucristo, encontramos el gran amor que demuestra Dios, teniendo en cuenta los detalles que implica cumplir con su Palabra empeñada mediante lo anunciado: ya que fue traicionado por uno de sus apóstoles “hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba, el que comió mi pan, se puso contra mí” (Sal 41,10), que lo entregó por 30 monedas de plata “yo les dije: ‘si les parece bien, páguenme mi salario (…) treinta monedas de plata” (Zac 11,12); que sufriría por nosotros “fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados (…) y por su llaga nosotros fuimos curados”; y recibiría los ultrajes en silencio “al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como cordero llevado al matadero” (Is 53,7); que sería crucificado entre malhechores “ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado” (Is 53,12); que le darían a beber vinagre “para mi sedme dieron vinagre” (Sal 69,21); que se repartirían sus ropas “repartieron entre sí mis vestidos. Y sobre mi ropa echaron suertes” (Sal 22, 18).

Ya que Dios ha sido tan misericordioso con nosotros, nos preparemos para celebrar el misterio de nuestra redención con la disposición de responderle con amor, desde nuestra limitación y de la lectura orante de la Palabra de Dios, contemplando la historia de salvación y dejándonos interpelar por el Señor que quiere realizar, también en nuestras vidas, lo anunciado en el texto sagrado. 

 

– Padre David Bertinetti
Sacerdote de Fasta


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